domingo, 28 de junio de 2009

La marea, si nos lleva....

Dicen que la cara es el reflejo del alma. Sus labores expresivas son elocuentes: los mil matices de los ojos, la movilidad inconsciente de los músculos faciales, la personalidad de la frente, el efecto de los labios. La sonrisa es la única expresión que no engaña sobre los estados de nuestra alma. El llanto es demasiado elocuente aunque se pueda llorar de alegría.
Los mitos también son humanos. Sus locuras, sus extravagancias, sus informalidades, sus rarezas... todos esos vínculos que nos unen a nuestros semejantes son elementos humanos. Un mito no es un Dios, no es un ser excepcional al que hay que rendir culto ni pleitesía. Un mito no es un ser humano superior por naturaleza: somos nosotros con nuestros vínculos humanos los que los encumbramos a pedestales que se resquebrajan con el propio peso o con nuestro propio olvido.
¿Qué hace a una ser humano superior? Nuestro egoísmo, nuestra humana debilidad.
Michael Jackson era un hombre roto, destrozado por dentro, y sólo. Él mismo se abandonó. Todo su poder económico no ha podido compensar esa soledad del alma. Su cara era el reflejo de sí mismo. Eso prueba que el hombre, por mucho poder y mucho dinero que pueda acumular en su vida, está solo y abandonado a su suerte.
Que la tierra le sea leve al hombre, cuerpo mortal donde los haya, porque el mito murió al nacer.