La muerte es la culminación de nuestro paso por la vida. Eso es obvio. Pero, ¿somos dueños de nuestra vida? Al parecer solo nos pertenece a ratos. En una Dictadura, en cualquier momento, dejamos de ser nosotros, vivos, para pasar a ser meros e inertes muertos. Para las religiones sólo somos un paso de vida para proyectarnos eternamente en la muerte. Para mí, la muerte, es un vacío... el culmen de la vida que hemos aportado a los demás mortales como nosotros. Y la muerte es arte de culturas ancestrales. Y es amor donde se encierran emociones. Y es un lujo para unos y un don para otros, y un escape para los infelices. Y para los que dejaron de ser existiendo superficialmente, la muerte, significa la vida.
Conozco a solidarios que darían su vida por y para unos ideales: son escasos y difíciles de ver. Nuestra cultura también gira de forma irracional alrededor de la muerte por eso nos aferramos tanto a la vida, a esa vida después de ella. Esta irracionalidad es adquirida en parte por adoctrinamiento, por ese sentimiento de no ser nada para cumplir el cometido de ser fieles a dictámenes divinos y así convertirnos en vida después de morir. Es nuestro miedo sacado de las arrugas del alma por siglos de doctrina tomada incluso por vena.
La muerte es el resultado de vivir, sencillamente porque no merecemos estar viviendo eternamente. Y la tierra nos lo agradece.
La muerte es un ideal puro y crudo.