lunes, 3 de marzo de 2025

Aún recuerdo, claro como el blanco, a mi abuelo materno cuando decía: "somos lo que comemos". Y realmente lo somos.
Cabe decir que lo que nos provoca el comer en el placer de cuerpo y mente es un absoluto deleite. Pero pensándolo más a fondo nos debemos hacer una pregunta impepinable: ¿es sana y segura la comida que nos alimenta? Sí, la interrogante está ahí. Esa duda que retroalimenta el miedo, la posibilidad de perder la vida por amenazas exteriores en forma de virus, bacterias, hongos...
Nos beneficiamos de poder alimentar nuestros cuerpos ¿serranos? según la clase social a la que pertenecemos, al coste que esa posición social nos da. Quien no tiene, se alimenta de lo que puede. Ahí reside el misterio mejor guardado del ser humano. Las pandemias suelen cebarse con los más desfavorecidos.
Las clases nobles padecen de otros defectos, aunque los virus están aprendiendo y empiezan a pasar a la acción.

El escrito anterior lo inicié en 2020, en plena pandemia. Se quedó en el tintero de este blog como un borrador olvidado sin terminar, cuando retomé las labores de ocupación laboral. Y lo único cierto es que somos lo que comemos. Por mejor que intentemos nutrirnos con los sabores de los comestibles siempre tenemos un pero, la duda de si lo verdaderamente sano es lo que nos alimenta. Duda honrosa que, desgraciadamente, se convierte en certezas. La realidad estalla en nuestra narices: alimentos procesados con sus ultras, refinados de azúcar y sal a tutti pleni, químicos alimentarios, herbicidas, plaguicidas, abonos absolutamente insanos, sobredosis de metales, plásticos, neurotóxicos, disruptores endocrinos (hormonales), medicamentos para que animales que deberían estar en libertad puedan servir de ¿alimento?. A eso debemos añadir el cambio climático producto de la mano del hombre, la destrucción del medio ambiente desequilibrando la cadena trófica desde la cúpula hacia abajo y rompiendo ese nicho intermedio que hace de barrera protectora contra virus y bacterias muy nocivos para la especie humana, la invasión costera del hormigón y el ladrillo, el coto y derribo de los espacios y parques naturales protegidos. El victimismo de dejar que otros piensen por nosotros que las danas quieren destruirnos porque nos han hecho creer que la tierra no es plana.

Debemos deconstruir esta sociedad abocada a la autodestrucción, porque vamos a eso, a destruirnos como especie porque a los diferentes poderes mundiales le sale de los cojones y de los ovarios. Debemos romper de una vez con este sistema capitalista y paternal. Romper esta sociedad regida por los desvalores burgueses de insana competencia y demencial mitología retrógrada de cánceres extractivistas y pelis postfranquistas. 

No somos más que materia y misterio, y si tenemos el poder de retroalimentar la mafia que nos gobierna, también tenemos el poder de renacer de los escombros como nace la mal llamada mala hierba. Una revoluncioncilla, unidos todos y todas, y al carajo estos locos déspotas con poder que ni falta nos hacen ni nos han hecho en la puta vida y que son causa de todos nuestros males...

Salud.