viernes, 6 de agosto de 2010

La negación de Dios.

Heme aquí, voluntad impuesta, pensando ¿cómo sería Dios de existir? Un ente todopoderoso inmortal. Aburrido... o no. ¿Y si yo fuera ese Dios? ¡Joder! (perdón).
No necesitaría más que: NADA. Podría jugar con la estabilidad del propio universo: con un pedo... atronador y puede que mal oliente podría arrasarlo todo. Y esos planetas y soles incandescentes: los tomaría con unas pinzas y... pero ni siquiera los necesitaría para calentarme, soy todopoderoso e inmortal y me basta pensar en... no eso no que se me sube la lívido y no está el horno para bollos.
¿Qué podría hacer para no aburrirme? Contemplaré la tierra, a los humanos cénit de mi creación. Lo más divino, frágil y perfecto que he creado. Míralos cuan hormiguitas... trabajando, procreando, josiéndose, matándose, destrozando y creando. ¡Estúpidos os estáis cargando el planeta! Pero no los voy a molestar no vaya a ser que en su rebeldía empiecen a ignorarme y tendría que intervenir con decisión y energía. Sabiendo de mis prontos... mejor dejarlos hacer. Entonces... ¿qué hago? regaré entonces mis plantitas con amor y cuidado de no llenar demasiado el tiesto de agua. Que no rebose pues sería una catástrofe. Y después... tomaré café, NO, la cafeína es mala para mis nervios. ¿Un relajante quizás? NO, que me duermo. Y si soy inmortal, para qué comer, o beber.
Despierto con la sensación de haber soñado con algo que no me gusta demasiado. Y Dios, ¿dónde está para arreglar este desaguisado en que se ha convetido la tierra? A saber. Alguna vez creí que existiera... creo que nunca. Lo he retado... y sin respuesta. Él, si existe, se está negando a sí mismo. Si tanto presume de misericordioso, ¿dónde anda para que esto no reviente? Y si revienta... no creo que nos salve.
Entonces... niego su existencia.