Las plazas públicas eran los centros de toda la actividad de relación, cultura y política a partir del siglo VIII a.c.
No sé si Amenábar nos ha querido contar la historia de Hipátia y el amor/odio que despertó en los hombres que la rodearon; o más bien la convulsión que produjo en aquellos tiempos la intolerancia y el fanatismo religioso que dominaba al ser humano potenciando la histeria y el miedo colectivo, base fundamental para controlar el poder.
Supongo que Alejandro Amenábar, en un principio, no llegó a considerar el transfondo de esta historia. Son muchas las relaciones, sentimientos y circunstancias que se aglutinan alrededor de la figura de Hipátia: una figura real sobre la que se monta una vida fundida con hechos posibilistas de ficción.
Pero todo el repertorio escénico que accede a esta historia de la mano de Hipátia, no es más que la verdad sobre la violencia de unas religiones ávidas de poder en lucha constante por la supremacía.
Todas las religiones son fanáticas. Pero la Católica supera en sadismo y violencia a todas las demás. La verdadera historia está ahí, resumida en un espacio de tiempo.
La cultura y el saber deben ser nuestros y libres. No dejemos que los señoritos del poder nos quiten y nos roben por lo que debe ser un bien común.
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