sábado, 2 de mayo de 2020

Arreglada la errata de la imagen que presenta este espacio, os traigo un texto de Rafael Barret (1876-1910) muy descriptivo donde se tocan de cerca varios elementos de nuestra sociedad por no ser muy diferentes a la sociedad en que vivió este escritor y periodista. Como en tan pocas líneas se puede retratar tan perfectamente que la posesión individual, la propiedad privada, y el individualismo son males absolutos para la humanidad.



¿Por qué es tan obvio que no seamos capaces de asimilar un cambio, precisamente un cambio a una sociedad mejor? Quizás porque el hombre individual esté inmerso en una espiral de autodestrucción y le sea más fácil dejarse llevar, dejar que otros piensen, controlen, manipulen, nos manejen e impongan y legislen aunque vaya en nuestra contra. Por esas casualidades de la vida y llegados a un punto en que nos de por pensar colectivamente por nosotros mismos entonces, como ha pasado en el pasado, nos volverán a inyectarán el miedo al prójimo en el cuerpo, nos reprimirán duramente en nombre de nuestra seguridad, nos anularán aislándonos, marginándonos, destruyendo nuestros hábitos, nuestra animalidad social, nuestra individual zona de confort, y todo seguirá igual para nosotros, para los NADIES, como bien decía Eduardo Galeano.
¿Podríamos despertar? Sería una obligación nuestra el hacerlo.



GALLINAS

Mientras no poseí más que mi catre y mis libros, fui feliz. Ahora poseo nueve gallinas y un gallo, y mi alma está perturbada.

La propiedad me ha hecho cruel. Siempre que compraba una gallina la ataba dos días a un árbol, para imponerle mi domicilio, destruyendo en su memoria frágil el amor a su antigua residencia. Remendé el cerco de mi patio, con el fin de evitar la evasión de mis aves, y la invasión de zorros de cuatro y dos pies. Me aislé, fortifiqué la frontera, tracé una línea diabólica entre mi prójimo y yo. Dividí la humanidad en dos categorías; yo, dueño de mis gallinas, y los demás que podían quitármelas. Definí el delito. El mundo se llena para mí de presuntos ladrones, y por primera vez lancé del otro lado del cerco una mirada hostil.

Mi gallo era demasiado joven. El gallo del vecino saltó el cerco y se puso a hacer la corte a mis gallinas y a amargar la existencia de mi gallo. Despedí a pedradas el intruso, pero saltaban el cerco y aovaron en casa del vecino. Reclamé los huevos y mi vecino me aborreció. Desde entonces vi su cara sobre el cerco, su mirada inquisidora y hostil, idéntica a la mía. Sus pollos pasaban el cerco, y devoraban el maíz mojado que consagraba a los míos. Los pollos ajenos me parecieron criminales. Los perseguí, y cegado por la rabia maté uno. El vecino atribuyó una importancia enorme al atentado. No quiso aceptar una indemnización pecuniaria. Retiró gravemente el cadáver de su pollo, y en lugar de comérselo, se lo mostró a sus amigos, con lo cual empezó a circular por el pueblo la leyenda de mi brutalidad imperialista. Tuve que reforzar el cerco, aumentar la vigilancia, elevar, en una palabra, mi presupuesto de guerra. El vecino dispone de un perro decidido a todo; yo pienso adquirir un revólver.

¿Dónde está mi vieja tranquilidad? Estoy envenenado por la desconfianza y por el odio. El espíritu del mal se ha apoderado de mí.  Antes era un hombre. Ahora soy un propietario...


Aquí tenéis una fuente, de las muchas que hay:

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