Amo, amas
Amar,
amar, amar, amar siempre, con todo
El ser y con la tierra y con el cielo,
Con lo claro del sol y lo oscuro del lodo;
Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
El ser y con la tierra y con el cielo,
Con lo claro del sol y lo oscuro del lodo;
Amar por toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y
cuando la montaña de la vida
Nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
Amar la inmensidad que es de amor encendida
¡Y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!
Nos sea dura y larga y alta y llena de abismos,
Amar la inmensidad que es de amor encendida
¡Y arder en la fusión de nuestros pechos mismos!
Rubén
Darío
La
sangre
Yo
me siento la sangre. ¿No la sentís vosotros?
Sangre
de la mujer, cáliz abierto.
Yo
me siento la sangre. Ella me nutre.
Me
llena, me dibuja, me sostiene.
Callada
sinfonía de mis pulsos.
Verso
rimado en rojo por mis venas.
Vuelo
encerrado en íntimas volutas.
Río
escondido de infinitas ramas
fertilizando
mi sensible barro.
Yo
la siento correr. Flujo y reflujo
bate
las hondas playas de mi pecho,
sube
por mi garganta estremecida,
moja
mis labios con sabor espeso
de
miel caliente. Grita
y
enciende la codicia de mis ojos.
Mi
sangre, zumo denso circulando
por
todos mis poemas. Limpia savia
irguiéndose
en la regia primavera
del
hijo conseguido.
Amo
mi sangre. Cuando yo me muera
no
la dejéis cuajarse como hielo
hecho
con agua sucia.
No
la dejéis secarse en polvo oscuro.
Descomponerse
en jugos malolientes.
Cuando
yo muera, abridme, desatadme
las
frágiles esclusas de las venas.
Verted
mi sangre toda. Derramadla—.
Absórbala
la tierra como suya
y
el agua deslizante de algún río
unte
con ella el lomo de sus peces.
Ángela
Figuera Aymerich

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